Desde que se contagió por coronavirus, Rosalía toma 16 pastillas al día, no puede trabajar y sufre de insomnio, alopecia y dolores musculares.
Síntomas «inhumanos» -lamenta- que le impiden hacer vida normal: le cuesta, incluso, cuidar de su hijo. «Dependo para todo de mi pareja porque me mareo, si quiero ir a algún sitio, me tienen que llevar…», relata.
Rosalía tiene tan solo 42 años y su perfil, según un estudio realizado por la Sociedad Española de Médicos Generales (SEMG) y el colectivo COVID Persistente, es precisamente el más frecuente entre pacientes de larga duración: mujeres, de unos 43 años y que mantienen sus síntomas unos 185 días.
En esta investigación también han detectado más de 200 secuelas diferentes, entre las que más predominan el cansancio, los dolores de cabeza, musculares y articulare, la falta de aire, e incluso palpitaciones, presión en el pecho o falta de concentración.
Una «florida sintomatología», indica la responsable de este estudio, Pilar Rodríguez Ledo, que supone una «afectación multiorgánica«. «Esto debe tener un nexo en común: ese nexo en común, esas alteraciones de los biomarcadores, es algo que tenemos que buscar todos», agrega.
Silvia, por su parte, tuvo sobre todo secuelas neurológicas tras sufrir la COVID-19, por las que tuvo que ser hospitalizada. «Parestesias, confusión mental, pérdidas de memoria…», enumera.
Anna explica que sus síntomas le afectan a nivel personal. «En la vida de pareja y la vida de familia, muchos tenemos enormes dificultades en nuestro día a día«, explica.
Por eso, ahora van a hacer un ensayo clínico para tratar de dar respuesta a los problemas de estos pacientes. Para que recuperen la vida que tenían antes de toparse con el COVID-19.
