El llamado ‘retrofit’ consistiría en eliminar el motor de combustión y sustituirlo por uno eléctrico en el caso de que tu coche esté bien, sea un clásico o simplemente estés encariñado con él y no quieras cambiarlo por otro. Dicho así suena fácil. Y, en realidad, no debería ser demasiado complejo. Pero hay peros.
El coste de esta operación está por ver. En España, empresas como Elektrun ya recogen solicitudes de clientes. Y no hay pocas: 1.100 personas están en lista de espera. Con 20 coches del mismo modelo, los costes de homologación empiezan a ser rentables, pues los gastos se dividen entre todos los propietarios de un mismo modelo.
El más demandado es el Mini: un centenar espera para ser eléctrico; por detrás se sitúan el Escarabajo, el 600, el Ford Fiesta, o el Seat Ibiza. En todos estos casos, por unos 15.000 euros nuestro coche podría seguir rodando años sin quemar ni un litro más de gasolina.
Y entonces, ¿qué pasa? ¿por qué esperan si la tecnología, la empresa y las ganas están ahí?
Pues porque, obviamente, esos cambios tienen que ser legales y es ahí donde el panorama en España se complica. El retrofit es legal, pero hay que homologarlo. En este punto, la cosa, además de complicarse, se encarece. Las homologaciones se hacen caso a caso, con sus respectivos costes. Y las baterías, por su parte, también han de estar homologadas. Además, solo hay un laboratorio en toda Europa que se ocupa de ello: está en Alemania y es el cuello de botella que paraliza en parte este proceso. Suponiendo que todo saliera bien, aún habría que pasar la ITV.
Además, si finalmente te decides a iniciar este largo proceso, has de saber que en ningún caso podrás aumentar la potencia que tenía tu coche en un principio. Si tenías un Twingo, tendrás un Twingo con la misma potencia de motor, pero eléctrico.
